Leonardo Martínez

POSIBLE CONVERSION

Belleza y verdad
Corremos persiguiéndolas
y seguro ellas quedaron atrás
Igual el amor que sentimos siendo niños
al canto de los pájaros
con la honda tensa listos
y la pedrada justo dándoles
en el corazón de su música
Marchitos ahora
no podemos restaurar lo perdido
Inaugurar quizás un mundo
donde pedrada corazón música verdad belleza
fueran agua donada
por el vendaval de la gracia
LA TIERRA DE NADIE

I
Desorden ante mi llegada
Algarabía de la servidumbre
Yo
un pequeño ser
caminando como en las películas inglesas
hacia el interior de la casa
entre dos filas de muchachos y muchachas
llenos de aparente alegría
por mi persona menuda
que preguntaba con autoridad
-¿Quién es Venancia?
y a mi requerimiento
destacándose
la Venancia joven y linda
dispuesta a complacerme
con su famosa tortilla de papas
sus empanadas y gaznates
En una fresca mañana
de enero del 40
con tres años por cumplir
fui arrebatado por el encantamiento
Ángeles guardianes
derramaban en los acariciados jardines
amarillos calientes a los mediodías
y ternuras en los rincones umbríos de las siestas
Había despertado en el paraíso

II
Pero después de los dones gotearon las pérdidas
Dejamos de ser niños sin damos cuenta
Nos enteramos al notar la ajenidad del mundo
y sentir en el cuerpo zarpazos de un yo que es otro
Creímos esto y éramos distintos
a como nos pensaron y pensamos
Sorprendidos
elocuentes diferencias nos lanzaban
a órbitas fuera de cualquier imaginación
Pero el agua lustral
y la casa con sus ángeles guardianes
persistieron en dimensiones fósiles
Son el amparo remoto y a la vez cercano

III
Raíces cada vez más profundas
Mugir de borrascas
y el riguroso acaecer de las mareas
Pisadas en la nieve
Puentes de hielo sosteniendo caravanas
que siguen el destello de las constelaciones
En las piedras cavan ojos
Los cuencos llenos de agua
le dan alma a las estrellas
Crece el flujo de migraciones quiméricas
Avanzan hacia donde empieza el frío
y la tierra se acaba
Ahora le dicen sur
como podrían decir allá lejos

IV
Soy de una tierra incógnita
Vengo de su ramaje más alto
Se eleva en niebla matinal
trepando luz por las hendiduras de las piedras
Soy de la tierra sin dueño
Mi sitio es un punto en el que norte o sur
austro o septentrión no existen
Lo hallé al bajar del automóvil
y correr hacia los brazos de Venancia
en la galería embaldosada de mi casa
Los abuelos en larga procesión
me espiaron sonrientes o no demasiado serios
Conocían los gozos y fatigas de la gestación interminable
Lo hicieron saber desde. un comienzo
La duración es sólo un gesto
de la improbable disolución
Entonces sigue el niño en el cielo extenso
de una mañana de enero del cuarenta
preguntando por la Venancia
en compañía de los años por venir
rumorosos de voces asediando
las futuras y desconocidas calles
por donde caminaremos
yo y el niño que fui
atardeciendo y madrugando
entre labranzas ordeñes y plegarias
una mirada
un amanecer en el corral de ordeñe
el monte cargado de rocío
y un jarro de leche espumosa en camino hacia los labios
Luego
la dormición del gesto

LOS OJOS DE LO FUGAZ

I
¿Qué música me mira?
Desde tapiales derruídos
acechan
mañanas de labranzas
viciosas siestas
atardeceres de un corazón sin muertes
¿Qué música me oprime?
Todo viene del mar o la montaña
del cielo o del abismo
Todo viene en algo dormido
anterior al murmullo de las hojas
o al grito de las bestias
encerrado en las piedras
¿Qué música está mirándome?
¿Es la música del puñal
cuando calaba hondo
y suplicabas
y tus ancas se abrían al arado de la perduración?
¿Quién compone esta música oída con los ojos?
La miro gotear en la oscuridad
y mi corazón
se escurre como lágrima
y lágrima escarchada
es mi corazón en la oscuridad
¿Qué manos acunan el candor de esa música?
¿Qué manos acunan el candor del porvenir?
Lo que soy toca la grandeza de la fugacidad
En mi ceguera palpo el presente despellejado

II
Alguna música me ama
se interna sin límites
Clava sus agujas
y me susurra el secreto
del viejo maestro
Escucho

Las palabras despertarán al alba
cuando los caballos atraviesen el horizonte
y el niño sentadito ante la tropilla al galope
huela los colores terrosos azafranados negros
de reales frontinos y malacaras
perdiéndose en reflejos por el oriente
y el día se extienda levísimo
y la desconocida que llevamos en las entrañas
empiece su baile ciego
y en una espiral sin retomo
arrastre al niño
al vértigo del principio

del libro: Los ojos de lo fugaz, 2010. Leonardo Martinez

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